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sábado, 25 de junio de 2022

LA “MAL-DICCIÓN” DEL SEXO

Está ya bien establecido en diversos formularios y documentos legales que, en el espacio destinado al “sexo”, figuren tres opciones: “femenino”, “masculino” y “otro” (u “otros”) lo cual testimonia el grado de importancia y asimilación de la elección del género en nuestra cultura actual. Como contracara, en ciertos lugares del mundo, la homosexualidad por caso, todavía sigue estando legalmente penada y a veces con la pena capital. En realidad, se trata aquí de una cuestión de género, es decir de una clase o conjunto que comparten una identidad sexual, categoría psicológica, “autopercibida” y manifiesta. La elección del género, es pues un acto voluntario e intencional, cuyas opciones trascienden al binarismo clásico; la OMS reconoce cinco, aunque se proponen varios más. En cambio, el sexo, para el psicoanálisis, es otra cosa que, más allá de la anatomía y de lo imaginario de la identidad, está sujeta al determinismo de la estructura significante del inconsciente a la que se anuda la diversidad pulsional.
Es sabido que el término «sexo» deriva del latín sexus, por sectus, «sección, separación» y fue acuñado, por primera vez, por el romano Cicerón. Debemos a Lacan la introducción en el psicoanálisis de “El banquete” de Platón donde, en boca de Aristófanes, el comediante, la sexuación remite al mito del Andrógino; seres dobles que poseían ambos sexos (homo y hetero) y que, debido a un castigo divino de Zeus por haberlo desafiado, quedan, para siempre, cortados y divididos en dos.
El sexo, la diferencia sexual, sería pues, un castigo, una maldición, un corte o pérdida impuesta por los dioses (es decir por el Otro, es decir por el lenguaje) que condena a los humanos a una búsqueda errante, fallida y sin fin, de la completud o plenitud primitiva; una pérdida de goce original que, en términos psicoanalíticos, opera como la causa del deseo.
Como frente a todo mito (el de Edipo, por ejemplo) hay que interrogarse por el hecho o cuestión de estructura que alegoriza o ficcionaliza. Al respecto, intentamos vaciar la noción de “diferencia” de toda significación valorativa o ideológica y en particular de la significación de “sexual”, para que solo se sostenga en la formula del “principio de identidad”, donde se escribe, no una identidad de semejanza (lo igual) sino la imposibilidad de lo igual, donde cada término es irreductible al otro. Una lógica de la diferencia pura (donde se constituye el sujeto) que no nombra nada empírico y no remite a nada más que a ella misma. Puesto que un significante no puede significarse a sí mismo, es puro sinsentido, hacen falta al menos dos para producir algún efecto de sentido, lo cual además depende del contexto. Resulta de ello, una otredad radical, una alteridad constitutiva entre el “sexo uno” y el “sexo otro”, pero como irreductibles, no complementarios, como dos que no pueden hacer Uno, es decir un Todo que resuelva la diferencia y donde cada uno es siempre un enigma para cada otro.
El llamado “lenguaje inclusivo” sería más bien una “inclusión en el lenguaje” que apunta sobre todo al morfema que denota el género en sustantivos, adjetivos y pronombres asociados al sexo biológico de los hablantes seres. No aplica tanto a los términos en donde el género es puramente arbitrario y por convención propia de cada lengua (por caso: “El ser humano” o “La humanidad”) y menos aún a los animales y los objetos, puesto que ellos están por fuera del lenguaje, prescinden de él para existir (no se habla, por ejemplo, de “les jirafes” o “les autes”)
Entendemos que se trata aquí de un acto político militante, que se propone llevar las luchas sociales contra la discriminación, la desigualdad y el abuso, en particular de las mujeres, al terreno mismo del lenguaje, mejor dicho, del discurso. Nada menos que eso y a la vez, no más que eso. Ver en ese “lenguaje inclusivo” un ataque contra la lengua, parece un tanto absurdo; sería como pensar que el lunfardo, el slang, por tomar solo un ejemplo, son una amenaza para la pureza de la lengua. Convengamos también que, si hay una disciplina menos autorizada para cuidar esa pureza, es el psicoanálisis, cuyo campo teórico y cuya praxis se sitúan en el terreno de la “linguistería” (condensaciones, desplazamientos, neologismos, etc.) Ahora bien, desde ese punto de vista, pensamos que ese “lenguaje inclusivo” constituye un testimonio más de que hay algo innombrable en el sexo, algo que las palabras no alcanzan a resolver o decir; una forma de actualización epocal de la pregunta irresuelta por la certeza de la posición sexual. Pero también podría estar implicado lo contrario, es decir, otro intento de resolver, de curar por el lenguaje, esa insuficiencia de la significación a través del recurso de borrar la diferencia gramatical. De querer bien-decir lo que está afectado de una mal-dicción originaria, donde más allá del deseo, del goce y del amor, el sexo apunta a un enigma, a un agujero en el saber y entender.
Las cuestiones de género son ya un motivo manifiesto de consulta que se presenta como un desafío clínico; al cabo, una nueva forma de aquello que estuvo desde el inicio freudiano: la sexualidad como problema. Nuevas formas que también son un efecto del desarrollo científico-tecnológico. Por caso, la suposición de que es posible resolver los problemas del sexo anatómico que a uno le tocó en suerte, pasándose al otro por la vía de la metamorfosis hormonal o quirúrgica; como si en la biología hubiese una respuesta, un saber sobre el sexo, para el ser que habita en el lenguaje. La clínica nos dirá, si se trata de un acceso a goces privilegiados, de felicidades logradas o de nuevas formas de padecer el sexo.
Si en el psicoanálisis hay una erotología, como dice Allouch, se trata de una erotología “agujereada”, de un discurso que bordea un vacío imposible de llenar, como dice el tango. Freud habló de una “falla central” y “del carácter desconocido de aquello que constituye la masculinidad o la feminidad y que la anatomía no puede aprehender.” (Conferencia 33) Lacan introdujo ese manoseado aforismo “No hay relación sexual” ("Il n'y a pas de rapport sexuel”) donde el término rapport, significa mucho más que “relación”, que denota más bien el acto. Es asimismo la razón, la ratio, que, en el ámbito de las matemáticas, establece la relación de equivalencia o comparación entre dos magnitudes (por ejemplo, hay una relación de 3 entre 15 y 5) lo cual implicaría pensar la relación entre los sexos como una sinrazón. Es también la afinidad o el enganche, en el sentido de “llevarse bien”. Pero ese aforismo tiene una posterior versión corregida que propone: “Hay una no-relación” donde ya no se trata de lo que no hay, sino de que “es lo que hay”. Por ejemplo, hay parejas, en plural, que construyen un arreglo, un acuerdo sui generis, que es contingente y singular para cada una. Esta asunción o aceptación, bien entendida, de lo que hay, implica como condición de cualquier resolución, un “hacer el duelo por el falo” en el sentido de lo completo o lo perfecto, de lo “sin falta”, del tenerlo todo. Como la clínica nos lo enseña, ello puede ser algo que alivie y libere e incluso que hasta otorgue una cierta sabiduría.

Junio 2022
Apostilla al artículo “Sexualidad y diferencia” (Revista Caliban Vol 17, Nº 1, 2019)

sábado, 18 de junio de 2022

A MÁS NO PODER (Una incursión psicoanalítica sobre el goce del poder)

“La historia de las luchas por el poder y de las condiciones reales de su ejercicio y de su sostenimiento, sigue estando casi totalmente oculta. El saber no entra en ello; eso no debe saberse.” Michael Foucault. “Microfísica del poder” (1978)

Introducción

La intención y la propuesta de este breve ensayo es abordar el tema del poder, como una cuestión específicamente humana, desde un sesgo y un posible aporte psicoanalítico. Se apoya para ello, en primer lugar, en la manera extensa y rigurosa, en cierto sentido inédita, en que la abordó, historizó y formalizó M. Foucault, comenzando por esa mención del epígrafe respecto del carácter oculto o reprimido de la pregunta por el poder, de la historia de las relaciones entre el poder y el saber y de que, por lo general, no quiere saberse sobre ello. Dicho de otra manera, se trataría de plantearse la cuestión del poder, a cuyos designios estamos siempre sometidos, como un enigma y un desafío para el logos. Ese “casi totalmente oculto” de la cita de Foucault, en su análisis que llama “arqueológico”, tal vez no otorgue su justo lugar a ciertos predecesores claves en la genealogía del análisis del poder y de sus mecanismos, tales como Maquiavelo, Hobbes y Marx, cada uno en sus respectivos siglos, para nombrar a algunos de los más trascendentes. Además de compartir el haber sido escritores “malditos” para su época, es decir, maldecidos y mal leídos, puede decirse que el denominador común, la coincidencia entre ellos, estriba en el intento de abordar el poder y las luchas por el poder, de una manera racional, “objetiva” o “científica”, más allá de toda consideración moral o voluntarista. Podría mencionarse también a un Max Webber, considerado el fundador de las llamadas “ciencias políticas”, en donde la política es reformulada como una profesión a través de la cual se lucha por la distribución, la conservación o el cambio del poder. Desde luego, hay también toda una tradición filosófica, clásica y moderna, desde Aristóteles en adelante, respecto de pensar el poder y las relaciones de poder. Todo ello da cuenta de la historia y de la amplitud que ha tenido el abordaje del poder como pregunta del saber, a pesar de lo cual, como dice el epígrafe, hay un núcleo central que permanece oculto, oscuro, algo que podríamos llamar, con Lacan, un real que escapa al saber. Al decir de Foucault: “esa cosa tan enigmática, a la vez visible e invisible, presente y oculta, investida en todas partes, que se llama poder” Dicho muy esquemáticamente, para Maquiavelo y Hobbes, cada uno en sus diferentes contextos históricos (el Renacimiento florentino del siglo XVI en un caso; la guerra civil inglesa del siglo XVII en el otro) el eje del poder pasa por la función del Estado y el monopolio del ejercicio de la fuerza. “Lo Stato” para Maquiavelo, es esencialmente la hegemonía, la plena y total autoridad que, por el uso de la fuerza, ejerce un determinado grupo de hombres sobre los otros hombres. En Hobbes, es importante señalar que ese poder es otorgado y surge de un consenso o un contrato social entre los hombres. Es decir, no es algo natural sino el efecto de un pacto simbólico que supone e impone una renuncia y una exclusión para los que acuerdan someterse a él, puesto que eso “natural” sería la lucha fratricida, a muerte, entre los unos y los otros. En los comienzos del siglo XX, Max Weber define al Estado en una línea parecida, como aquella “relación de dominación de personas sobre personas que se apoyan en la violencia legítima como medio” y el poder es "la posibilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad”. De una manera similar, solo que desde una “antropología filosófica”, Elías Canetti (1960) define al poder como intrínseco a la relación con el semejante, como el ejercicio directo o indirecto de la voluntad propia sobre el otro, integrado en una masa y con la capacidad de ejercer la fuerza sobre ella, administrando el castigo y el perdón. Para Marx, influenciado por la filosofía hegeliana, en el siglo XIX, la clave del poder pasa por “la lucha de clases” en torno a la posesión social de los “medios de producción”, en su conflicto irresoluble con las “fuerzas productivas”, es decir la con la capacidad real y potencial del desarrollo de la productividad del trabajo. Estos dos elementos, establecen entre sí determinadas “relaciones de producción”, tanto sociales como técnicas, que serían las que mueven, establecen y determinan cada momento de cambio social en la historia de los hombres. El estado, el gobierno, no es estrictamente el poder, es básicamente un instrumento, una “superestructura” dice Marx, cuya función es la validación jurídica e ideológica y el sostenimiento represivo del poder. En Foucault la cuestión del poder toma otra dimensión, puesto que se trata, en primer lugar, del poder y la función del discurso (los discursos) operando en forma oculta, es decir, reprimida. En sus desarrollos se redefine y se entiende de una forma nueva el concepto de poder a partir de su ejercicio y sostenimiento en el lenguaje y a través del lenguaje. Es decir que el poder no se piensa como ubicado en un sitio específico o poseído por alguna persona; como algo que se pueda transmitir o heredar formalmente, sino que este se ejerce, más allá de la fuerza o la propiedad, por el discurso y a través de mecanismos y dispositivos que son esencialmente discursivos. Los discursos, históricamente condicionados, son el operador estratégico respecto del ejercicio del poder, de sus efectos de dominación y abarca al conjunto de las relaciones sociales, de los lazos entre los sujetos, incluyendo desde luego a sus cuerpos y a su sexualidad. Ello constituye lo que llama un “biopoder” donde quedan capturados el erotismo y el ejercicio de la sexualidad y donde el discurso establece lo que es aprobado o rechazado respecto de los goces, al igual que la hegemonía del discurso médico viene a determinar que es lo normal y lo patológico respecto del funcionamiento de esos mismos cuerpos. Las implicancias de todo ello son múltiples; por ejemplo: el hecho de que una ideología, prejuicio, opresión o discriminación sea dominante y se sostenga en el tiempo es, en última instancia, tan atribuible a los discriminados como a los discriminantes, a los opresores como a los oprimidos, en tanto que capturados por un mismo discurso que sostienen, comparten y convalidan, aún sin saberlo. Podría decirse que, a su manera, Freud dio cuenta de ello, hablando, no ya de discurso, sino de “masa artificial” y de aquello que la cohesiona y perpetúa a través de un lazo vertical respecto de un líder, idea o valor y de un lazo horizontal entre los miembros de la masa que se identifican entre sí. Digamos que a la iglesia la mantienen tanto los obispos como los monaguillos y al ejército lo sostienen tanto los generales como los soldados. Solo así podría intentar entenderse, para tomar un ejemplo entre muchos, que varios millones de hombres hayan aceptado morir en la “Gran Guerra” de hace apenas un siglo, “por el Rey (o el Kaiser) y por la patria”.

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sábado, 11 de junio de 2022

“Notas sobre psicoanálisis y humanismo”

“En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo” Sigmund Freud: “El malestar en la cultura” (pág. 108)

Pocos sucesos nos conmueven universalmente como la muerte de un niño; siempre inocente, absurda, dramática y las más de las veces, criminal. La de Aylan un niño sirio de tres años, que se ahogó, junto a sus padres y otros refugiados al naufragar en el Mediterráneo la embarcación en la que huían de la guerra y cuyo pequeño cadáver apareció en una playa turca en setiembre del pasado año, no fue la excepción. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y miles de palabras fueron vertidas y derramadas a través del ancho universo mediático. A propósito, casi no recuerdo haber leído o escuchado que se recordase que en otro ancho mundo, y de algunas zonas y razas más que de otras, mueren cientos de niños de tres años todos los días; de hambre, de enfermedades curables, de fuego cruzado o de “daños colaterales” como le llaman. Otros tantos son secuestrados y vendidos, aunque podría decirse que al menos conservan la vida. Quizás el pequeñín sirio, a diferencia de otros miles, haya tenido el “privilegio” ¡vaya cruel ironía! de haber sido filmado y aparecer en la “CNN” y en “Youtube”. Como sea y a propósito de esa emblemática tragedia, un querido colega nos envió con muchos elogios un artículo del filósofo argentino Jose Pablo Feinmann titulado “Sobre el humanismo”, inspirado a su vez en otro similar del sociólogo y escritor Horacio González, publicados ambos en esos días en el periódico “Página 12” de Buenos Aires. Su lectura nos provocó algunas reflexiones que nos evocaron dos artículos trascendentes de Freud: “De guerra y muerte. Temas de actualidad” (1915) y en especial “¿Porque la guerra?” (1932) que puede considerarse una resonancia de “El porvenir de una ilusión” (1927) y de “El malestar en la cultura (1930) Como se sabe, ese segundo texto, en formato de carta abierta, fue escrito por Freud como respuesta a otra carta pública del físico Albert Einstein publicada ese mismo año; ambas por una invitación y compromiso con la recientemente creada Sociedad de las Naciones que buscaba promover los valores del humanismo y el pacifismo.

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Revista Calibán, Vol. 15, Nº 2, 2017

jueves, 9 de junio de 2022

¿Quién los peina a estos señores?

Ya no puede pensarse que es casualidad; ya se puede proponer que se trata de un rasgo común, de un trazo identificatorio, de una marca del ideal viril, “sansonesco” por así decir, donde la abundante cabellera es signo de poder y de fuerza; lo cual, después de todo, es moneda corriente. Ello, desde siempre, ha cautivado a la masa, por lo que nunca ha dejado de dar sus dividendos políticos: el Hombre fuerte, el que tiene, bien puestos, lo que hay que tener. Tal vez la novedad, lo llamativo, sea el perfil caricaturesco de los personajes en cuestión. El grotesco Donald parece haber marcado el rumbo, seguido enseguida por el bufón Boris, su versión británica, mientras que el histriónico Javier aparece como una versión local, que tiene a Don Saúl como antecedente. Desde luego, se trata de mucho más que eso; también los “peina” un discurso común, pleno de lugares comunes, donde muchos términos comienzan con el prefijo anti: antiestatismo, antisistema, anticomunismo, antisemitismo; aunque hay también términos por la positiva: racismo, misoginia, homofobia, xenofobia. No solo la homofonía nos llevó de Sansón al Guasón, sino también el interrogante por ese carácter o mejor dicho estilo, payasesco; incluso buscado y ensayado, “coacheado” como dicen. ¿En qué consiste lo payasesco de su estilo? ¿En qué sentido ellos nos pueden tomar el pelo? Se ha hablado de lo irreverente, anti ortodoxo, lo grotesco, extravagante, incluso escandaloso; pero también está la contracara, el lado oscuro y siniestro de lo payasesco, que abreva en leyendas ancestrales (Egipto/ China) donde los payasos eran seres demoníacos. Como ese Pennywise de Stephen King o el personaje del Joker, inmortalizado por Heath Ledger, ¿será él acaso, el estilista, el coiffeur de un circo del horror? No conviene olvidar que hace unos decenios, en la tierra de Goethe y Beethoven, surgió un personaje clownesco que usaba un bigotito al estilo Chaplin. Bien sabemos todo lo que pasó después. La esperanza se sostiene en que los sansones, tarde o temprano, se encuentren con peluqueros que los puedan rapar.

domingo, 5 de junio de 2022

CAZANDO MAMUTS: BREVE ENSAYO SOBRE EL MIEDO (2021)

“El terror es el arma política más poderosa y no me privaré de ella, so pretexto que resulte chocante para algunos burgueses imbéciles" Adolf Hitler [Rauschning, 1940: 82].

Es habitual que nos imaginemos al así llamado “hombre primitivo” como una criatura acosada por el miedo frente a la supremacía de los rigores de la naturaleza, tan bella como despiadada, así como a las desiguales criaturas con las que se imponía compartir la existencia en el mundo. Suponemos que ello configuraba una realidad donde la incertidumbre de la lucha por el sobrevivir era la regla e implicaba un diario convivir con la vida y la muerte. Tal vez, ese sujeto ni siquiera se proponía algún conocimiento, manipulación o dominio sobre ese real, tal vez simplemente con lograr tener un lugar en la naturaleza, se sentía dichoso. Podría decirse, como un supuesto, que las exigencias del imperio de la necesidad primaban sobre el deseo. Cientos de siglos después el, también así llamado, “hombre moderno” gracias a su afán de conocimiento y al desarrollo incesante de la tecnología, parece haber sometido a ese real bajo su dominio y control, poniéndolo a su servicio, es decir, hacerlo trabajar para él. Dicho de otra forma, ese sujeto parecería haber resuelto en lo manifiesto la cuestión de la necesidad, incluso en un sentido jurídico, puesto que comer, vestirse, trabajar, tener un techo y acceso a la educación y la salud, se consideran actualmente derechos fundamentales de la persona humana. Ahora bien, en cuanto al tema que aquí nos atañe que es el miedo, nos preguntamos: ¿Cuánto hemos cambiado, después de todo? ¿Es acaso, ese sujeto de la modernidad, un sujeto menos miedoso o angustiado que su antepasado primordial?

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“LA CURA ANALÍTICA COMO PRODUCTO ARTESANAL”

“En realidad estamos utilizando un tipo de artesanía muy especial, una artesanía con arcilla pensante, artesanía de la relación intersubjetiva, artesanía del convencimiento” Willy Baranger (1994)

Vamos a abordar el tema de las herramientas, instrumentos y dispositivos del analista, es decir de aquellos recursos que en la cura operan e intervienen en la producción de los efectos propiamente analíticos y que definimos como efectos subjetivos (“neo-creaciones” decía Freud en 1937) más allá de la mera mejoría o remisión sintomática, que sería el objetivo común a todas las psicoterapias. Es un “in-dividuo” el que llega a la sesión, a partir de la cual - si hay operación analítica- podrá hacer alguna experiencia de su división, es decir de la discontinuidad radical del inconsciente reprimido como "dominio extranjero interior" respecto del Yo; sujeto del inconsciente que “antes” no estaba y que será una producción en transferencia, generando eventualmente efectos sobre ese individuo que volverá “después”, con alguna diferencia, a retirarse de la sesión. A modo de punto de partida de nuestro abordaje del tema propondremos una premisa que intentaremos luego desplegar, fundamentar y cuestionar y que formularemos así: La suma de las herramientas e instrumentos del analista se condensan y se sostienen en una sola: el analista mismo como herramienta, pero ello a condición de la progresiva destitución de su persona. El establecimiento de la transferencia, más que una herramienta, la pensaremos como la condición misma de la posibilidad de eficacia de cualquier herramienta. Por un lado esta formulación resuena y remite a aquella máxima freudiana expresada en los “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” (1912) cuando sostiene que el analista “debe estar en condiciones de servirse así de su propio inconsciente como instrumento del análisis” mostrando que el inconsciente, “receptor” dice Freud, del analista o para mejor decir la experiencia con su inconsciente, es el instrumento privilegiado de su operatoria. Por otro lado no se nos escapa el carácter paradojal y contradictorio de esta formulación, una de las tantas maneras de intentar describir o asir, esa imposibilidad o aporía que conlleva o es inherente a la posición del analista.

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Revista Calibán Vol. 13, Nº 1, 2015

viernes, 3 de junio de 2022

La guerra y la paz

El portugués Antonio Guterres, secretario general de la ONU, es uno de los pocos dirigentes occidentales que se reunió con Vladimir Putin desde el comienzo de la guerra de Ucrania. Aquel defendió su criticada estrategia alegando que "si uno quiere resolver un problema, tiene que discutir con quienes lo han causado o con quienes pueden resolverlo". Sin duda le faltó agregar, aunque se infiera, que aquellos que lo causaron son, en virtud de ello, aquellos mismos que lo pueden resolver. Es decir que las guerras se sostienen porque ambas partes en lucha así lo quieren y por esa misma razón, porque coincidan en ello, llegará eventualmente la paz, definida como aquel espacio histórico transitorio que se extiende entre una guerra y otra guerra, entre la anterior y la siguiente. Entonces, para que haya guerra o haya paz, ambas partes tienen que quererlo y ello, desde luego, más allá de lo declarativo. Pero lo que el psicoanálisis nos enseña es que para que haya acuerdo o pacto entre el uno y el otro en lucha fratricida, tiene que haber un tercero que opere como mediador; al que, aún momentánea o temporalmente, se le conceda el lugar de garante de la ley. Solo así “hablando se entiende la gente”, lo cual implica como condición ineludible, para ambas partes, una pérdida o renuncia de goce La mayor potencia económica y militar del globo, lejos de usar su poder y liderazgo para ofrecerse o intervenir como ese mediador, lo hace tomando partido y armando a una de las partes, simplemente porque cree que es lo que conviene a sus intereses. Por eso, esta es una guerra, hasta ahora, sin interlocutores válidos para ambos bandos, lo cual la hace todavía más peligrosa y de diagnóstico reservado. Turquía parece querer ocupar ese lugar tercero, pero carece de estatura, no la respetan lo suficiente. La ONU revela, una vez más, que es una penosa apariencia, un espejismo inoperante, que, en los momentos históricos trascendentes, carece de poder real para resolver los problemas, función para la que supuestamente fue creada. Por sobre todo, carece del poder de la ley, que no debe confundirse con el poder de los misiles. Como decía Jorge Gestoso: “Y así es como está el mundo”