“La historia de las luchas por el poder y de las condiciones reales de su ejercicio y de su sostenimiento, sigue estando casi totalmente oculta. El saber no entra en ello; eso no debe saberse.” Michael Foucault. “Microfísica del poder” (1978)
Introducción
La intención y la propuesta de este breve ensayo es abordar el tema del poder, como una cuestión específicamente humana, desde un sesgo y un posible aporte psicoanalítico. Se apoya para ello, en primer lugar, en la manera extensa y rigurosa, en cierto sentido inédita, en que la abordó, historizó y formalizó M. Foucault, comenzando por esa mención del epígrafe respecto del carácter oculto o reprimido de la pregunta por el poder, de la historia de las relaciones entre el poder y el saber y de que, por lo general, no quiere saberse sobre ello. Dicho de otra manera, se trataría de plantearse la cuestión del poder, a cuyos designios estamos siempre sometidos, como un enigma y un desafío para el logos. Ese “casi totalmente oculto” de la cita de Foucault, en su análisis que llama “arqueológico”, tal vez no otorgue su justo lugar a ciertos predecesores claves en la genealogía del análisis del poder y de sus mecanismos, tales como Maquiavelo, Hobbes y Marx, cada uno en sus respectivos siglos, para nombrar a algunos de los más trascendentes. Además de compartir el haber sido escritores “malditos” para su época, es decir, maldecidos y mal leídos, puede decirse que el denominador común, la coincidencia entre ellos, estriba en el intento de abordar el poder y las luchas por el poder, de una manera racional, “objetiva” o “científica”, más allá de toda consideración moral o voluntarista. Podría mencionarse también a un Max Webber, considerado el fundador de las llamadas “ciencias políticas”, en donde la política es reformulada como una profesión a través de la cual se lucha por la distribución, la conservación o el cambio del poder. Desde luego, hay también toda una tradición filosófica, clásica y moderna, desde Aristóteles en adelante, respecto de pensar el poder y las relaciones de poder. Todo ello da cuenta de la historia y de la amplitud que ha tenido el abordaje del poder como pregunta del saber, a pesar de lo cual, como dice el epígrafe, hay un núcleo central que permanece oculto, oscuro, algo que podríamos llamar, con Lacan, un real que escapa al saber. Al decir de Foucault: “esa cosa tan enigmática, a la vez visible e invisible, presente y oculta, investida en todas partes, que se llama poder” Dicho muy esquemáticamente, para Maquiavelo y Hobbes, cada uno en sus diferentes contextos históricos (el Renacimiento florentino del siglo XVI en un caso; la guerra civil inglesa del siglo XVII en el otro) el eje del poder pasa por la función del Estado y el monopolio del ejercicio de la fuerza. “Lo Stato” para Maquiavelo, es esencialmente la hegemonía, la plena y total autoridad que, por el uso de la fuerza, ejerce un determinado grupo de hombres sobre los otros hombres. En Hobbes, es importante señalar que ese poder es otorgado y surge de un consenso o un contrato social entre los hombres. Es decir, no es algo natural sino el efecto de un pacto simbólico que supone e impone una renuncia y una exclusión para los que acuerdan someterse a él, puesto que eso “natural” sería la lucha fratricida, a muerte, entre los unos y los otros. En los comienzos del siglo XX, Max Weber define al Estado en una línea parecida, como aquella “relación de dominación de personas sobre personas que se apoyan en la violencia legítima como medio” y el poder es "la posibilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad”. De una manera similar, solo que desde una “antropología filosófica”, Elías Canetti (1960) define al poder como intrínseco a la relación con el semejante, como el ejercicio directo o indirecto de la voluntad propia sobre el otro, integrado en una masa y con la capacidad de ejercer la fuerza sobre ella, administrando el castigo y el perdón. Para Marx, influenciado por la filosofía hegeliana, en el siglo XIX, la clave del poder pasa por “la lucha de clases” en torno a la posesión social de los “medios de producción”, en su conflicto irresoluble con las “fuerzas productivas”, es decir la con la capacidad real y potencial del desarrollo de la productividad del trabajo. Estos dos elementos, establecen entre sí determinadas “relaciones de producción”, tanto sociales como técnicas, que serían las que mueven, establecen y determinan cada momento de cambio social en la historia de los hombres. El estado, el gobierno, no es estrictamente el poder, es básicamente un instrumento, una “superestructura” dice Marx, cuya función es la validación jurídica e ideológica y el sostenimiento represivo del poder. En Foucault la cuestión del poder toma otra dimensión, puesto que se trata, en primer lugar, del poder y la función del discurso (los discursos) operando en forma oculta, es decir, reprimida. En sus desarrollos se redefine y se entiende de una forma nueva el concepto de poder a partir de su ejercicio y sostenimiento en el lenguaje y a través del lenguaje. Es decir que el poder no se piensa como ubicado en un sitio específico o poseído por alguna persona; como algo que se pueda transmitir o heredar formalmente, sino que este se ejerce, más allá de la fuerza o la propiedad, por el discurso y a través de mecanismos y dispositivos que son esencialmente discursivos. Los discursos, históricamente condicionados, son el operador estratégico respecto del ejercicio del poder, de sus efectos de dominación y abarca al conjunto de las relaciones sociales, de los lazos entre los sujetos, incluyendo desde luego a sus cuerpos y a su sexualidad. Ello constituye lo que llama un “biopoder” donde quedan capturados el erotismo y el ejercicio de la sexualidad y donde el discurso establece lo que es aprobado o rechazado respecto de los goces, al igual que la hegemonía del discurso médico viene a determinar que es lo normal y lo patológico respecto del funcionamiento de esos mismos cuerpos. Las implicancias de todo ello son múltiples; por ejemplo: el hecho de que una ideología, prejuicio, opresión o discriminación sea dominante y se sostenga en el tiempo es, en última instancia, tan atribuible a los discriminados como a los discriminantes, a los opresores como a los oprimidos, en tanto que capturados por un mismo discurso que sostienen, comparten y convalidan, aún sin saberlo. Podría decirse que, a su manera, Freud dio cuenta de ello, hablando, no ya de discurso, sino de “masa artificial” y de aquello que la cohesiona y perpetúa a través de un lazo vertical respecto de un líder, idea o valor y de un lazo horizontal entre los miembros de la masa que se identifican entre sí. Digamos que a la iglesia la mantienen tanto los obispos como los monaguillos y al ejército lo sostienen tanto los generales como los soldados. Solo así podría intentar entenderse, para tomar un ejemplo entre muchos, que varios millones de hombres hayan aceptado morir en la “Gran Guerra” de hace apenas un siglo, “por el Rey (o el Kaiser) y por la patria”.
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