Está ya bien establecido en diversos formularios y documentos legales que, en el espacio destinado al “sexo”, figuren tres opciones: “femenino”, “masculino” y “otro” (u “otros”) lo cual testimonia el grado de importancia y asimilación de la elección del género en nuestra cultura actual. Como contracara, en ciertos lugares del mundo, la homosexualidad por caso, todavía sigue estando legalmente penada y a veces con la pena capital.
En realidad, se trata aquí de una cuestión de género, es decir de una clase o conjunto que comparten una identidad sexual, categoría psicológica, “autopercibida” y manifiesta. La elección del género, es pues un acto voluntario e intencional, cuyas opciones trascienden al binarismo clásico; la OMS reconoce cinco, aunque se proponen varios más. En cambio, el sexo, para el psicoanálisis, es otra cosa que, más allá de la anatomía y de lo imaginario de la identidad, está sujeta al determinismo de la estructura significante del inconsciente a la que se anuda la diversidad pulsional.
Es sabido que el término «sexo» deriva del latín sexus, por sectus, «sección, separación» y fue acuñado, por primera vez, por el romano Cicerón. Debemos a Lacan la introducción en el psicoanálisis de “El banquete” de Platón donde, en boca de Aristófanes, el comediante, la sexuación remite al mito del Andrógino; seres dobles que poseían ambos sexos (homo y hetero) y que, debido a un castigo divino de Zeus por haberlo desafiado, quedan, para siempre, cortados y divididos en dos.
El sexo, la diferencia sexual, sería pues, un castigo, una maldición, un corte o pérdida impuesta por los dioses (es decir por el Otro, es decir por el lenguaje) que condena a los humanos a una búsqueda errante, fallida y sin fin, de la completud o plenitud primitiva; una pérdida de goce original que, en términos psicoanalíticos, opera como la causa del deseo.
Como frente a todo mito (el de Edipo, por ejemplo) hay que interrogarse por el hecho o cuestión de estructura que alegoriza o ficcionaliza. Al respecto, intentamos vaciar la noción de “diferencia” de toda significación valorativa o ideológica y en particular de la significación de “sexual”, para que solo se sostenga en la formula del “principio de identidad”, donde se escribe, no una identidad de semejanza (lo igual) sino la imposibilidad de lo igual, donde cada término es irreductible al otro. Una lógica de la diferencia pura (donde se constituye el sujeto) que no nombra nada empírico y no remite a nada más que a ella misma. Puesto que un significante no puede significarse a sí mismo, es puro sinsentido, hacen falta al menos dos para producir algún efecto de sentido, lo cual además depende del contexto. Resulta de ello, una otredad radical, una alteridad constitutiva entre el “sexo uno” y el “sexo otro”, pero como irreductibles, no complementarios, como dos que no pueden hacer Uno, es decir un Todo que resuelva la diferencia y donde cada uno es siempre un enigma para cada otro.
El llamado “lenguaje inclusivo” sería más bien una “inclusión en el lenguaje” que apunta sobre todo al morfema que denota el género en sustantivos, adjetivos y pronombres asociados al sexo biológico de los hablantes seres. No aplica tanto a los términos en donde el género es puramente arbitrario y por convención propia de cada lengua (por caso: “El ser humano” o “La humanidad”) y menos aún a los animales y los objetos, puesto que ellos están por fuera del lenguaje, prescinden de él para existir (no se habla, por ejemplo, de “les jirafes” o “les autes”)
Entendemos que se trata aquí de un acto político militante, que se propone llevar las luchas sociales contra la discriminación, la desigualdad y el abuso, en particular de las mujeres, al terreno mismo del lenguaje, mejor dicho, del discurso. Nada menos que eso y a la vez, no más que eso. Ver en ese “lenguaje inclusivo” un ataque contra la lengua, parece un tanto absurdo; sería como pensar que el lunfardo, el slang, por tomar solo un ejemplo, son una amenaza para la pureza de la lengua. Convengamos también que, si hay una disciplina menos autorizada para cuidar esa pureza, es el psicoanálisis, cuyo campo teórico y cuya praxis se sitúan en el terreno de la “linguistería” (condensaciones, desplazamientos, neologismos, etc.)
Ahora bien, desde ese punto de vista, pensamos que ese “lenguaje inclusivo” constituye un testimonio más de que hay algo innombrable en el sexo, algo que las palabras no alcanzan a resolver o decir; una forma de actualización epocal de la pregunta irresuelta por la certeza de la posición sexual. Pero también podría estar implicado lo contrario, es decir, otro intento de resolver, de curar por el lenguaje, esa insuficiencia de la significación a través del recurso de borrar la diferencia gramatical. De querer bien-decir lo que está afectado de una mal-dicción originaria, donde más allá del deseo, del goce y del amor, el sexo apunta a un enigma, a un agujero en el saber y entender.
Las cuestiones de género son ya un motivo manifiesto de consulta que se presenta como un desafío clínico; al cabo, una nueva forma de aquello que estuvo desde el inicio freudiano: la sexualidad como problema. Nuevas formas que también son un efecto del desarrollo científico-tecnológico. Por caso, la suposición de que es posible resolver los problemas del sexo anatómico que a uno le tocó en suerte, pasándose al otro por la vía de la metamorfosis hormonal o quirúrgica; como si en la biología hubiese una respuesta, un saber sobre el sexo, para el ser que habita en el lenguaje. La clínica nos dirá, si se trata de un acceso a goces privilegiados, de felicidades logradas o de nuevas formas de padecer el sexo.
Si en el psicoanálisis hay una erotología, como dice Allouch, se trata de una erotología “agujereada”, de un discurso que bordea un vacío imposible de llenar, como dice el tango. Freud habló de una “falla central” y “del carácter desconocido de aquello que constituye la masculinidad o la feminidad y que la anatomía no puede aprehender.” (Conferencia 33) Lacan introdujo ese manoseado aforismo “No hay relación sexual” ("Il n'y a pas de rapport sexuel”) donde el término rapport, significa mucho más que “relación”, que denota más bien el acto. Es asimismo la razón, la ratio, que, en el ámbito de las matemáticas, establece la relación de equivalencia o comparación entre dos magnitudes (por ejemplo, hay una relación de 3 entre 15 y 5) lo cual implicaría pensar la relación entre los sexos como una sinrazón. Es también la afinidad o el enganche, en el sentido de “llevarse bien”.
Pero ese aforismo tiene una posterior versión corregida que propone: “Hay una no-relación” donde ya no se trata de lo que no hay, sino de que “es lo que hay”. Por ejemplo, hay parejas, en plural, que construyen un arreglo, un acuerdo sui generis, que es contingente y singular para cada una.
Esta asunción o aceptación, bien entendida, de lo que hay, implica como condición de cualquier resolución, un “hacer el duelo por el falo” en el sentido de lo completo o lo perfecto, de lo “sin falta”, del tenerlo todo. Como la clínica nos lo enseña, ello puede ser algo que alivie y libere e incluso que hasta otorgue una cierta sabiduría.
Junio 2022
Apostilla al artículo “Sexualidad y diferencia” (Revista Caliban Vol 17, Nº 1, 2019)
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sábado, 25 de junio de 2022
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