Ya no puede pensarse que es casualidad; ya se puede proponer que se trata de un rasgo común, de un trazo identificatorio, de una marca del ideal viril, “sansonesco” por así decir, donde la abundante cabellera es signo de poder y de fuerza; lo cual, después de todo, es moneda corriente. Ello, desde siempre, ha cautivado a la masa, por lo que nunca ha dejado de dar sus dividendos políticos: el Hombre fuerte, el que tiene, bien puestos, lo que hay que tener. Tal vez la novedad, lo llamativo, sea el perfil caricaturesco de los personajes en cuestión. El grotesco Donald parece haber marcado el rumbo, seguido enseguida por el bufón Boris, su versión británica, mientras que el histriónico Javier aparece como una versión local, que tiene a Don Saúl como antecedente. Desde luego, se trata de mucho más que eso; también los “peina” un discurso común, pleno de lugares comunes, donde muchos términos comienzan con el prefijo anti: antiestatismo, antisistema, anticomunismo, antisemitismo; aunque hay también términos por la positiva: racismo, misoginia, homofobia, xenofobia. No solo la homofonía nos llevó de Sansón al Guasón, sino también el interrogante por ese carácter o mejor dicho estilo, payasesco; incluso buscado y ensayado, “coacheado” como dicen. ¿En qué consiste lo payasesco de su estilo? ¿En qué sentido ellos nos pueden tomar el pelo? Se ha hablado de lo irreverente, anti ortodoxo, lo grotesco, extravagante, incluso escandaloso; pero también está la contracara, el lado oscuro y siniestro de lo payasesco, que abreva en leyendas ancestrales (Egipto/ China) donde los payasos eran seres demoníacos. Como ese Pennywise de Stephen King o el personaje del Joker, inmortalizado por Heath Ledger, ¿será él acaso, el estilista, el coiffeur de un circo del horror? No conviene olvidar que hace unos decenios, en la tierra de Goethe y Beethoven, surgió un personaje clownesco que usaba un bigotito al estilo Chaplin. Bien sabemos todo lo que pasó después. La esperanza se sostiene en que los sansones, tarde o temprano, se encuentren con peluqueros que los puedan rapar.
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Otras latitudes; otros tiempos, pero aún así vale la pena recordarlos. Los emperadores de la China milenaria, los líderes, amigos o enemigos, debían respetar uno de los rituales más solemnes. El pelo debía de ser parte de una ornamentación, una especie de arte del peinado, de los cuidados de la cabellera. Era un honor el tocado y cada vez que por razones de índole guerrera eran amenazados, preferían morir an el combate a que les arrebataran o desarmaran el “tocado” masculino de la política.
ResponderBorrarLa nota acerca de los “despeinados” del siglo XXI, con bastante humor, señala que en la actualidad, los rituales, las ceremonias y el cuidado de sí con arte, se los ha llevado el viento de ciertos discursos totalmente mediados por la imagen y por la anti-imagen que es más o menos lo mismo.
El desorden de la cabeza de los mencionados pretende ser marca de un rasgo de identificación para las masas. Esperamos que no lo logren.