“El terror es el arma política más poderosa y no me privaré de ella, so pretexto que resulte chocante para algunos burgueses imbéciles" Adolf Hitler [Rauschning, 1940: 82].
Es habitual que nos imaginemos al así llamado “hombre primitivo” como una criatura acosada por el miedo frente a la supremacía de los rigores de la naturaleza, tan bella como despiadada, así como a las desiguales criaturas con las que se imponía compartir la existencia en el mundo. Suponemos que ello configuraba una realidad donde la incertidumbre de la lucha por el sobrevivir era la regla e implicaba un diario convivir con la vida y la muerte. Tal vez, ese sujeto ni siquiera se proponía algún conocimiento, manipulación o dominio sobre ese real, tal vez simplemente con lograr tener un lugar en la naturaleza, se sentía dichoso. Podría decirse, como un supuesto, que las exigencias del imperio de la necesidad primaban sobre el deseo. Cientos de siglos después el, también así llamado, “hombre moderno” gracias a su afán de conocimiento y al desarrollo incesante de la tecnología, parece haber sometido a ese real bajo su dominio y control, poniéndolo a su servicio, es decir, hacerlo trabajar para él. Dicho de otra forma, ese sujeto parecería haber resuelto en lo manifiesto la cuestión de la necesidad, incluso en un sentido jurídico, puesto que comer, vestirse, trabajar, tener un techo y acceso a la educación y la salud, se consideran actualmente derechos fundamentales de la persona humana. Ahora bien, en cuanto al tema que aquí nos atañe que es el miedo, nos preguntamos: ¿Cuánto hemos cambiado, después de todo? ¿Es acaso, ese sujeto de la modernidad, un sujeto menos miedoso o angustiado que su antepasado primordial?
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