(Contrapunto londinense)
![]() |
| “Los embajadores” Hans Holbein (1533) |
"La vanidá es yuyo malo
Que envenena toda huerta.
Es preciso estar alerta
Manejando el azadón.
Pero no falta el varón
Que la riega hasta en su puerta"
Atahualpa Yupanqui
(Coplas Del Payador perseguido)
A propósito de las interminables exequias de la reina Isabel II de Gran Bretaña, con las que los medios nos han estado bombardeando sin piedad durante estos días, se nos ocurrió una suerte de contrapunto londinense, por así llamarlo, en torno a una cuestión propiamente humana: la vanidad. Es cierto que se habla de la vanidad del pavo real, del orgullo del rey león, del privilegio de la abeja reina y cosas así, pero no serían más que proyecciones respecto de conductas instintivas a las que hominizamos, les damos un sentido antropocéntrico, pues, para los humanos, nuestro ego es lo que está en el centro del universo, la medida de todas las cosas.
Dichas exequias fúnebres, que duran varios días, constan de, también interminables, actos, ceremonias religiosas y civiles, desfiles militares y otros despliegues escénicos, enmarcados en una atmósfera que pretende aparentar y transmitir el más solemne de los recogimientos.
Esta impresionante exhibición pública, rodeada de tanta pompa y magnificencia, rigurosamente cuidada en sus más mínimos detalles, en su afán de ostentación de grandeza, de pronto se desliza hacia lo grotesco y lo ridículo, lo decadente y anacrónico, al igual que la institución misma de la monarquía, que busca aprovechar la ocasión para darse un “baño de masas”, como dicen.
De esta forma, el despliegue de los ropajes y atuendos del vestuario (trajes de gala, uniformes, sombreros, cascos y pelucas) en el marco de una escenografía multicolor (carruajes, coches y carrozas) conforman una suerte de gran carnaval británico, con disfraces para todos los gustos, que engalanan a personajes extravagantes, caricaturescos, incluso bufonescos. Tal vez, como símbolos de una decrépita, patética y nostálgica vanidad perdida de los que alguna vez se creyeron dueños del mundo y por una suerte de designio divino o de Manifest Destiny (no los únicos, claro está, puesto que se trata de una posta que se va pasando entre los imperios) Bendecidos por él, otrora vanguardia del capitalismo y del imperialismo,
se sintieron autorizados a cometer todo tipo de crímenes durante siglos, a través de sus conquistas, robos y tropelías a lo largo de los cinco continentes y los siete mares. Eso sí, sin perder el británico sentido del humor ¿Acaso no nombraron “Sir” (y convirtieron en héroe nacional) a un pirata como Francis Drake?
Detrás de todo ello, descorriendo toda esa fulgurante y densa cortina, lo que queda como resto (en el lugar de la causa) es la muerte pura y simple, como desenlace biológico inexorable, de una anciana de 96 años.

Muy bueno el escrito. Recuerdo asi, tambien La hoguera de las vanidades. Tom Wolfe 1987.Brian De Palma 1990.Tanta cuestion de vanidades, que se olvida el atropello. Gracias. Me encantó
ResponderBorrarMe alegro de que te haya gustado. También me acordé del film de Brain de Palma
ResponderBorrarUn beso! Saludos!
ResponderBorrar