En un pretendido ejercicio de “extensión” del psicoanálisis y a partir de un recorrido elemental por la historia de la literatura y el cine, nos proponemos interrogar aquello de “lo demoníaco” que, en su doblez, nos espeluzna tanto como nos atrae.
En el heterogéneo catálogo de criaturas y personajes imaginarios no es ocioso diferenciar aquellos más “sobrenaturales” como los demonios y monstruos (probables restos de extintas sagas y religiones) de los que, ya antropomórficos, ya espíritus poseyentes, eran previamente humanos como los fantasmas y los vampiros. Estos últimos acentúan el rasgo de lo “muerto-vivo” o de lo “no muerto” así como el carácter de “aparición” o presentificación y el de “revenant” es decir de aquello que vuelve o retorna.
En cuanto a los géneros es interesante también hacer cierto despeje entre el horror, asociado a lo sobrenatural o el terror ligado a asesinos y catástrofes, que incluyen un cruce con la ciencia ficción, del suspenso y el misterio, causados por lo desconocido e incomprensible.
Nos situaremos en un punto de viraje de la cultura humana a partir del cual, el Diablo y lo demoníaco pasan de ser una creencia de leyendas, mitos y religiones a tener el estatuto de ficción literaria; corolario del cuestionamiento de la existencia real de Dios y de la asimilación del Otro, como lugar del lenguaje, a las Sagradas Escrituras. Hasta allí, esa articulación de lo demoníaco con la religiosidad nos recuerda, como lo señala Angel Garma en su trabajo “ Un gesto obsceno de Santa Teresa” (1993) a la topología freudiana del Superyo que surge y está en continuidad con el Ello y donde el santiguarse o el blandir la cruz, como freno a un demonio que vendría desde “afuera”, podrían ser paradigmas de la formación reactiva contra el deseo reprimido.
Ubicamos ese viraje o pasaje de la creencia religiosa a la ficción a partir del siglo XVII, como un efecto del racionalismo cartesiano, las revoluciones burguesas y la caída del feudalismo y el poder de las Iglesias. No obstante, ya en el Renacimiento, el Diablo y sus demonios eran personajes literarios en obras tan clásicas como “La Divina Comedia” de Dante y “El Paraíso perdido” de John Milton, en tono de epopeyas poéticas trágicas; aunque también eran personajes bufonescos, como en el “Sueño en el infierno” de Quevedo o de comedia, como en el “Diablo enamorado” de Cazotte citado por Lacan.
Pero será, sin duda, a partir del Romanticismo y el siglo XIX que lo demoníaco se instala definitivamente en la novela y en el cuento.
Si bien lo trágico se continúa en el “Fausto” de Goethe, surge como género el cuento fantástico o de terror, con autores caros al psicoanálisis como Ernst Hoffman y E. A. Poe, así como la llamada “novela gótica”. A este período y entre otros ejemplos clásicos pertenecen: “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley (lo cual se refiere al sabio doctor y no al monstruo) “Carmilla” de Sheridan Le Fanu (vampira y lesbiana) “El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hide” de Robert Stevenson (en donde lo demoníaco es remitido a una escisión interior) y el “Drácula” de Bram Stoker (donde vuelve a ser proyectado en la figura del vampiro tan aterrorizante como sensual) Es indudable que existe cierta inspiración en personajes reales como Vlad Tepes el empalador rumano, la condesa húngara Báthory o el Barón francés Gilles de Rais, todos ellos nobles asesinos seriales y aún el alquimista alemán Georg Faust (siglo XV) pero no sería más que eso, un pretexto basado en sagas y leyendas, relatos de relatos.
En cuanto al Río de la Plata, podríamos citar los cuentos cortos de horror y misterio de Horacio Quiroga, aunque se inscriban, para perplejidad de las categorías, en un “realismo naturalista”.
En los comienzos del siglo XX esa atmósfera “negra” se continuará a través del “comic” y la historieta y en particular del vanguardista cine “expresionista” alemán con films fundacionales como “El gabinete del Dr. Caligari” de Robert Wiene o “Nosferatu el vampiro” de F. Murnau. Del otro lado del Atlántico, una prolífica nueva industria cinematográfica va a inmortalizar ciertos rostros para “Drácula” como los de Bela Lugosi y Christopher Lee o como el de Boris “Frankenstein” Karloff.
A partir de la segunda mitad del siglo surgen en Europa cineastas como Ingmar Bergman y A. Hitchcock en donde lo siniestro se sitúa en la complejidad interior de sus personajes; pero será en los Estados Unidos y bajo el signo del entertainment en donde lo demoníaco devendrá un acontecimiento cultural y de mercado. La oferta abarcará títulos como “El exorcista” de W. Friedkin; “El bebe de Rosemary” y “La danza de los vampiros” (que introduce al primer vampiro gay) de Roman Polansky o “El joven Frankenstein” de Mel Brooks. Más recientemente y con la tendencia al “best seller ready for the screen” por así decir, sagas del estilo de “Entrevista con el vampiro” de Anne Rice o “Crepúsculo” de Stephenie Meyer ya proponen demonios y vampiros tan humanizados que sufren, se enamoran y tienen culpa pues en el fondo son buenos y desde luego neuróticos. En la misma línea, First kill” y “La primera muerte” son las primeras series de vampiros LGTB+ de Netflix.
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lunes, 14 de noviembre de 2022
SOBRE DEMONIOS Y MUERTOS-VIVOS
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