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Henri Matisse: “La alegría de vivir” (1906)
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"¿Quién sabe qué hacer con un cuerpo de hablante-ser (parlêtre)
salvo, apretarlo más o menos."?
J. Lacan (Seminario de Caracas, 1980)
A medida que va cediendo la “guerra”, como se la definió universalmente, contra la epidemia del Covid, esa guerra extraña, ominosa, contra un algo radicalmente heteros, donde nos cuidábamos entre todos y a la vez nos cuidábamos de todos, donde cada semejante era un aliado y a la vez un enemigo, llega, como luego de toda guerra, el recuento de las bajas y la evaluación de los costos pagados. Pero ya no solo de los infectados o los fallecidos, estadísticamente cuantificables, cifras con las que se nos bombardeó mediáticamente sin piedad, todos los días durante dos años, sino también respecto de aquello imposible de medir y calcular, tanto en su dimensión presente como en su proyección futura. Específicamente, el devastador daño libidinal al lazo afectivo, en cuyas expresiones tanto públicas como privadas, recayó el grueso de las restricciones, controles y prohibiciones, de la sujeción al imperio de los protocolos. De pronto, lo erógeno, el contacto libidinal, se volvió más peligroso que nunca.
Puede que el bicho humano, en el plano de lo natural, sea una máquina biológica (al igual que una rana o un chimpancé) pero no hay allí dimensión alguna de sujeto, que es un efecto de su constitución en el lenguaje, como la estructura simbólica que opera el pasaje de “organismo” a “cuerpo” en tanto que específicamente humano. La intervención deseante del Otro, que es la que nos trae a la vida y la que nos asiste en nuestra absoluta indefensión inaugural, recorta y constituye en los cuerpos de los hablantes, zonas y bordes erógenos, en los que toman apoyo goces polimorfos que fundan un cuerpo libidinal y gozante. De esa contingencia pulsional/corporal surgirá el deseo como buscador errante de objetos, por carecer de uno natural o instintual; en especial aquellos situados o imaginados en el cuerpo del otro. Su renuncia, su denegación producirá el retorno del pseudópodo de la ameba libidinal freudiana hacia la retracción narcisista con sus correspondientes efectos sintomáticos (depresión, somatizaciones, hipocondría, etc.)
No parece casual que aquellos que estuvieron en la primera línea, los que más rápidamente, incluso fervorosamente, acogieron la restricción libidinal, y que hoy son los más renuentes a deshabituarse de ella, sean aquellos que siempre tuvieron dificultades, inhibiciones, mezquindades, evitaciones e incapacidades para alcanzar o ser alcanzado por el cuerpo del otro. Por lo común, más o menos apoyada en alguna “locura razonante o razonable”, por así decir, que legitime el miedo y la angustia, a saber: psicosis, paranoias, fobias y caracteres obsesivos.
Como sea, parece que la entrada en la así llamada y esperada “post pandemia” trae buenas nuevas para la relación libidinal y para el lazo social entre los “hablantes seres”, al menos para la gran mayoría. Hemos vuelto a redescubrir o descubrir las caras destapadas, a juntar la mirada con el conjunto del rostro, en especial la sonrisa. Hemos vuelto a estrecharnos las manos, más allá del saludo puñetero, a darnos un beso o un abrazo que inaugura el encuentro o la despedida. Ya no más familiares y amigos dejando las vituallas a prudencial distancia de la puerta de los infectados (confirmados o supuestos) o de aquellos, aislados por los suyos, dentro de su propia casa. Ya no más convalecencias o muertes en la más cruda soledad, donde el otro, a lo sumo, atisba detrás de una cortina de celofán. Desde luego subsisten la paranoia y el goce de vivir aferrado al miedo, de temer el contacto con el otro, negándose a salir del contexto de la coartada pandémica porque “nunca se sabe”. Pero los pretextos son lo de menos; por las dudas, la voracidad de los medios que alimentan y se alimentan del rating que otorga el miedo, ya alertan sobre posibles recambios. Por caso, la “viruela del mono”, un término que nos provoca cierta resonancia de un paso de baile, al estilo del “baile de San vito” o del “paso del conejito”.
El contacto de los cuerpos, el tocarnos, nunca fue limpio o sanitizado (99 % libre de gérmenes como promete la propaganda) ni jamás podrá serlo, incluso es más bien “chancho”, por así decir. Ya se trate de la saliva, el sudor, los olores, el semen, el flujo vaginal o de la piel como tal, con sus secreciones sebáceas y glándulas pilóricas; fluidos que cumplen además una función fisiológica. Para dar un ejemplo gráfico: es bastante complicado intentar coger con barbijo, guantes y alcohol en gel.
Y ello, desde el principio mismo de la vida, pues venimos a este mundo inter urinas et faeces; incluso desde antes, cuando el feto, nadando en un líquido amniótico/meconial, busca el repaire óseo del antro materno para acurrucarse sobre él, de un lado y luego del otro; una conducta que reproduce el neonato durante los primeros días en una cuna.
Prosigue luego el prenderse al pecho del bebé, con todo su cortejo de manchas de leche, caca y regurgitaciones, a los que seguirá el juego del niño, manchado de chocolate, que saltará sobre nuestro regazo. Continuará con el abrazo de los amigos, luego en la intensidad del encuentro corporal de los amantes, en el brazo firme que da apoyo al brazo vacilante del anciano débil e incluso en la mano del moribundo sostenida por otra cualquiera, a veces familiar, otras puramente circunstancial. En todo este recorrido hay un denominador, una presencia común, que es el lenguaje, las palabras y sus sonoridades; ya sea las del susurro materno, las de la canción infantil, las de los dichos del amor, las del aliento y la esperanza, incluso las que acompañan a la extrema-unción que, tengo entendido, implica la aplicación de un cierto aceite.
Es así, como el cuerpo del otro en el contexto del Otro del lenguaje se constituye como un repaire, una contención, un sostén, un apoyo, un límite en el que se funda y toma consistencia, una vivencia de unidad yoica. A propósito, el término francés repaire, puede traducirse como guarida, escondite, cueva, refugio, nido o antro. Véase que todas ellas remiten a una topología de un recipiente o cavidad interior que da cobijo al agujero del ser bajo la forma humana más habitual de intentar rellenarlo: el amor.
Más allá de la evolución tecnológica, la estrategia epidemiológica, al cabo, fue bien simple y se alimentó de la historia; primero el aislamiento (al estilo de los leprosarios de la antigüedad) para dar tiempo a la producción de cierta inmunidad, sea espontánea, natural o bien artificial desde Edward Jenner en adelante, a mediados del siglo XIII. Esto hace que la infección por covid este virando de la pandemia a la endemia, para ser uno más de los virus, bacterias y otros bichos microscópicos, más o menos dañinos, con los que se comparte la vida, pues, por lo común, ellos vienen para quedarse.
Es habitual que cuando se piensa lo que se hizo en términos vitales durante el 2020/2021, entendiendo por “vitalidad" la puesta en juego de cierta apuesta deseante por parte del sujeto, lo que retorne sea una sensación de agujero negro en la existencia, de un estallido de la realidad que marca un antes y un después. Es curioso, si los seres humanos somos los ganadores de esta guerra, somos también los perdedores, a excepción, claro está de aquellos que ganaron por goleada: los medios de comunicación, las redes sociales, las empresas de tecnología digital, los grandes bancos, las multinacionales farmacéuticas. Parte del precio pagado para ganarla, ese doloroso daño, esa herida abierta, infringida al lazo social libidinal, parece estar en vías de una larga y e impredecible cicatrización. Su inevitabilidad, su necesidad imperativa, su carácter incuestionable e implacable, quedará como una cuestión abierta, opinable, polémica e irresuelta.
Lo que apesta, lo que huele a podrido es la hipocresía; esa pseudo moral de doble vara del capitalismo globalizado, según se acomode a sus intereses. La salud de la humanidad como valor supremo y el ideal de la vida, bajo los cuales se ubicó y legitimó todo lo hecho durante la pandemia, ya no tienen vigencia o quedan en suspenso frente a otros desastres humanitarios, que no se quieren evitar, porque no sería conveniente para la buena salud de los grandes negocios. Por caso: la miseria, las hambrunas, las hordas de refugiados, los conflictos bélicos, los genocidios, la polución y contaminación del suelo y las aguas del planeta y… la lista sigue.
¡Que bicho este bicho humano! El parlante-bicho que puede recorrer y abarcar todo el espectro, desde lo más sublime y lo más siniestro, entre lo más creativo y lo más destructivo de su condición humana.
It always has been and always will be.
Setiembre 2022